El concurso no empieza en el juzgado; empieza cuando dejas de mirar la caja.
Hay un momento muy concreto en el que un negocio empieza a ponerse en peligro. No es cuando cae un cliente, ni cuando suben los costes, ni siquiera cuando el banco se pone duro.
El negocio empieza a ponerse en peligro cuando dejas de tener visibilidad.
Porque la mayoría de concursos de acreedores no llegan por una “catástrofe de un día”. Llegan por un proceso lento: meses de aguantar, improvisar, aplazar y cruzar los dedos. Hasta que un día ya no hay margen.
Y lo peor es que, en autónomos y micropymes, esto ocurre incluso con empresas que “parecen ir bien”.
El punto ciego típico: la caja manda, pero casi nadie la vigila
Una empresa puede facturar mucho y aun así estar cerca del abismo.
¿Por qué? Porque la caja no entiende de esfuerzo, entiende de tiempos:
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si cobras tarde y pagas pronto,
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si tienes demasiado stock,
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si tu estructura pesa más de lo que tu margen soporta,
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si el negocio se financia con deuda a corto “porque siempre se ha hecho así”.
Ahí empieza el problema real: no es que el negocio sea malo… es que se queda sin oxígeno.
Las causas más frecuentes (en lenguaje de empresario, no de despacho)
1) La tesorería se vuelve impredecible
Cuando cada semana es distinta y se decide “a quién pagar primero”, el negocio entra en modo supervivencia. Y en modo supervivencia se cometen errores caros.
2) La deuda se come el margen
En cuanto suben los intereses o el banco ajusta límites, la empresa descubre una realidad: si tu margen era fino, la financiación puede convertirlo en negativo.
3) Ventas inestables o dependencia de pocos clientes
A veces no es que el mercado esté muerto, es que te sostienen dos o tres cuentas. Si una falla o se retrasa, todo el sistema tiembla.
4) Costes al alza y precios que no acompañan
Es el clásico “no puedo subir precios”. Resultado: se trabaja más para ganar menos y el negocio entra en desgaste permanente.
5) Dinero atrapado en el circulante
Stock que no rota, compras sin planificación, clientes que pagan tarde, descuentos por urgencia… El dinero está ahí, pero no está disponible.
6) Falta de control financiero real
Hay contabilidad, sí. Hay impuestos al día, sí. Pero falta lo que de verdad protege el negocio:
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previsión de caja,
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indicadores de margen y estructura,
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lectura de deuda y riesgos,
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decisiones basadas en números, no en intuición.
Señales de alarma que conviene tomarse en serio
Si te suenan varias, no es para asustarte: es para actuar.
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No sabes con certeza cuánta caja tendrás dentro de 30 días.
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La póliza se ha convertido en parte de la operativa.
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Aplazar impuestos es ya “normal”.
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Estás facturando, pero cada trimestre estás más justo.
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El stock sube y no tienes una explicación clara.
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Dependencia de 1–3 clientes para “salvar el mes”.
Esto no significa que vayas directo a concurso. Significa que estás conduciendo sin luces.
Qué se puede hacer antes de llegar a un punto crítico
La prevención funciona. Y casi siempre empieza por lo mismo: orden y visibilidad.
1) Control de tesorería semanal
Un plan de caja a 8–13 semanas cambia todo: te da control, anticipación y calma. Si sabes lo que viene, no improvisas.
2) Recuperar caja del negocio
Normalmente hay dinero “dentro” del negocio que se puede liberar:
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ajustar compras y stock,
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mejorar cobros,
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renegociar plazos,
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eliminar gastos que no aportan,
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corregir servicios/productos que destruyen margen.
3) Revisar margen y estructura
No es solo vender. Es vender lo correcto, al precio correcto, con la estructura correcta.
4) Reordenar la deuda antes de que sea tarde
Pasar corto a largo, negociar carencias, ajustar calendarios. La clave no es la deuda, es la forma y el momento.
5) Si hace falta, activar medidas legales a tiempo
España tiene herramientas de negociación y reestructuración antes de llegar al concurso formal. Pero cuanto antes se activen, más opciones reales hay.
Y si ya estás en concurso, ¿se puede salir?
A veces sí, si el negocio es viable y hay capacidad de generar caja.
Las salidas habituales, cuando la situación lo permite, suelen pasar por:
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un acuerdo con acreedores (quitas y plazos),
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la venta de una unidad productiva (salvar lo “sano”),
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una reestructuración operativa real,
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o, cuando no hay viabilidad, una liquidación ordenada para minimizar daños.
La pregunta clave aquí no es “¿se puede?” sino “¿qué parte del negocio sigue siendo rentable y sostenible?”.
Por qué un CFO externo marca la diferencia en micropyme y autónomos
En una empresa grande hay equipo financiero. En una micropyme, normalmente no.
Y por eso el empresario acaba llevando todo: ventas, equipo, proveedores, clientes, incidencias… y también finanzas.
El problema es que las finanzas no perdonan el cansancio ni la falta de tiempo.
Un CFO externo sirve para una cosa esencial: poner un sistema de control que no dependa de tu memoria ni de tu intuición.
Y, sobre todo, para ayudarte a mirar lo que realmente evita el concurso:
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caja y previsión,
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margen real,
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estructura y punto de equilibrio,
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circulante,
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deuda y negociación,
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alertas tempranas.
No es “más papeles”. Es más control. Y cuando hay control, hay decisiones.
El concurso es el final de una película que empezó antes:
Si hoy tu negocio está en marcha, pero notas que vas justo, que el mes se te complica, que la caja te manda… estás a tiempo.
Lo más peligroso no es tener un problema.
Lo más peligroso es no saber exactamente cuál es, cuánto cuesta y cuándo explota.
Si quieres, escríbeme y te paso una checklist con las métricas mínimas que debería mirar cualquier autónomo o micropyme para detectar riesgos de insolvencia antes de que se conviertan en un concurso.
O si lo prefieres, contáctame y te digo qué revisaría yo en 30 minutos para detectar por qué facturas… pero no avanzas en patrimonio.
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